Autor: Herbert Jonas

PROLOGO

En mi larga vida profesional y empresaria, muchas veces he contado esta historia, que ahora doy a luz en forma escrita.
El hombre tiene una tendencia natural a seguir en la rutina y resistencia al cambio. El cambio es muy doloroso y a veces traumático. Ya Adán y Eva tuvieron que hacer un cambio en sus vidas y sus consecuencias las sentimos hasta hoy.
En la práctica, siempre tenemos que preguntarnos:
¿Por qué se hace tal cosa?
¿Para qué se hace?
¿Cómo se hace?
La respuesta que he escuchado una infinidad de veces es: "Porque siempre fue así?. Entonces cuento esta historia y cuando más tarde pregunto: ¿No tenemos aquí un banquito?. Obtengo dos respuestas: Coherente y justificada. No hay por qué cambiar parcialmente o totalmente lo que se hace, y se puede continuar haciendo como se está haciendo.
Consigo romper la resistencia al cambio y tengo la colaboración necesaria.

Para los hombres que "les cueste" progresar, desarrollar lo nuevo y utilizar la iniciativa y creatividad, es que proyecté sobre este papel, mi cuento.

I - EN LA PLAZA
Amanecía. Taquatinga era un bellísimo lugar ubicado en los confines del Estado de San Pablo. Había llegado allí en la "jardinera", un colectivo que recorría los poblados del interior de Brasil, portando cansancio, nostalgias e ilusiones en sus pasajeros. Y allí estaba él... vestido de delantal y maletín, cubierto de polvo. ¿Qué hacía en ese lugar? ¿Por qué tenía esa vestimenta Ulises Jacob, un modesto vendedor ambulante? Los viajes de pueblo en pueblo eran muy duros, por eso vestía así.

¡Ulises Jacob! ¿Por qué ese nombre? Ulises se lo había puesto él mismo, por el navegante divino en recursos y sus viajes eternos. En su caso, por sus eternos viajes terrestres, en busca de recursos. Jacob era el nombre que le habían puesto sus padres, en recuerdo de la tradición de los patriarcas de su pueblo.
Ulises Jacob había llegado a Taquatinga para vender sus baratijas. Y tal como se lo había propuesto, visitó a sus clientes para mostrarles las últimas novedades que traía. El encuentro fue exitoso. Pero... cuando fue a visitar al cuarto cliente... no lo encontró. Ulises se colmó de paciencia y esperó varias horas. Así era la venta, igual que los viajes... sacrificios, polvareda, espera, encuentros, desencuentros. Y hablando de desencuentros, el cuarto cliente no apareció.
-Tendré que quedarme en el pueblo - dijo. Perdí la última jardinera que pasa a las tres de la tarde, para que me lleve a la próxima ciudad.
Resignado nuestro personaje, se dirigió al hotel. Pidió una habitación, se bañó, ordenó su mercadería y se puso a pensar qué hacer en el tiempo libre que le quedaba.
-Voy a dar una vuelta por la plaza - se dijo. El aire y el paisaje me harán bien.
Y así, Ulises Jacob se encaminó a la pintoresca placita pueblerina, llena de verdor, impregnada del sano y cálido silencio de la tarde. Caminó por los zigzagueantes senderos cubiertos de piedrecillas. Contempló complacido el brillante y fresco follaje de los árboles y casi con felicidad descubrió un banco solitario que estaba como esperándolo. Ulises se acercó a él y se sentó. De pronto se encontró con la presencia de un soldado conscripto de aspecto tímido e inocente, con mezcla de autoridad y obediencia por el traje que vestía.

-Perdón - dijo el soldado - , en este banco no se puede sentar.
-¡¿Cómo que no me puedo sentar?! - Preguntó molesto Ulises.
-Así es-dijo el joven soldadito, con voz aflautada y deseosa de poder. 
Tengo órdenes... debo vigilar... Está terminantemente prohibido sentarse en ese banco.

Ulises miraba al conscripto, atónito. No comprendía aquella ridícula prohibición. Observó la plaza y contó los bancos que había... Eran seis en total. Todos muy limpios y ordenados como la misma plaza, con sus edificios que la rodeaban armoniosamente. Por un lado la Municipalidad, por el otro la Iglesia, enfrente, la Comisaría. Ulises tuvo la intuición que algo importante iba a acontecer en Taquatinga y que no iba a sentirse solo ese día. Ya no se moriría de tedio esa tarde a pesar de que la radio no se oía (las válvulas hacían más ruido que la música). Televisión no había. Los teléfonos eran a manija. La corriente eléctrica, escasa. La única diversión del pueblo consistía en sentarse en el hall del hotel y jugar a las cartas con los otros viajantes. Ulises pensaba... y mientras lo hacía volvió a mirar al soldado, quien se mostraba impaciente por cumplir su deber.

-Dígame - preguntó Ulises - ¿quién le dio la orden para que vigile este lugar, en forma tan estricta? , ¿cuánto tiempo hace que está en el pueblo?
-Desde que entré en el servicio militar, señor - contestó el soldadito. Hace... mmmm... cuatro meses. Todos los días me mandan a vigilar este banquito, durante seis horas.
-Y... ¿en los otros puedo sentarme? - siguió preguntando Ulises entre desconcertado y divertido.
-No... tampoco... en ninguno de los bancos se puede sentar - respondió el muchacho, casi sin mirarlo.
Porque después viene mi relevo y el relevo de mi relevo... y... la verdad... usted sabe, señor... en el ejército... esto lo debo hacer cumplir. La ley me obliga, aunque usted lo considere una pérdida de tiempo.
-Y... ¿qué hacía antes de ser soldado? - volvió a preguntar Ulises, clavando su mirada en la de los ojos del joven.
-¿Antes?... no sé, no sé que hice antes. En realidad, nunca supe qué hacer. No sabía nada y el ejército me enseñó a lavarme los dientes, a planchar mi ropa, a lustrar mis botas...
-Y... ¿esto es todo, para usted?
-¿Le parece poco, señor? Hasta tengo lugar para dormir. A veces pienso que el cuartel es mejor que mi casa.
Ulises Jacob lo miró extrañado. No podía comprender del todo el razonamiento del soldado. Pero, a pesar de ello se aprestó a seguir escuchándolo con interés.
-Usted me preguntó por qué estoy acá - prosiguió el conscripto - realmente no puedo contestarle. Nadie me explicó... usted sabe... órdenes son órdenes...
-Y... así fue. A los veinte minutos el cabo se hizo presente. Lucía puntual y autoritario. Su presencia indicaba el deber que cumplía y que hacía cumplir.
-¿Puede decirme, cabo - preguntó Ulises - por qué da la orden de que un soldado vigile este lugar?
-Por que doy la orden... no sé. Pero si sé que siempre lo hice.
-Pero cabo... ¿quién le da la orden a usted para que actúe de esa manera? - inquirió Ulises Jacob, bastante molesto por la falta de respuestas coherentes que recibía.
-La orden la da el sargento que está en la comisaría. Si usted quiere hablar con él, vaya alrededor de las cinco de la tarde. A la hora del mate.

II - EN LA COMISARIA
Ulises Jacob se fue a la comisaría y luego de una hora y media de espera, el sargento apareció. Ulises, algo cansado y un poco nervioso, le hizo las mismas preguntas que al conscripto y al cabo. Lo importante era saber el motivo de dar la orden de no ocupar el banco de la plaza.
-Señor, yo no tengo que darle explicaciones. Si usted quiere averiguar pregunte al teniente. Lo podrá encontrar dentro de dos horas, porque en este momento está jugando a las bochas.
Ulises escuchó. Saludó al sargento y se fue al hotel. Ansioso comió rápidamente. Deseaba llegar lo más pronto posible al final de esta historia. Así a las dos horas se fue a buscar al teniente que lo atendió muy malhumorado. Tal vez alguna chinita lo estaba esperando.
-¿Por qué me pregunta eso?- inquirió fastidioso después de escuchar a Ulises. Escúcheme bien, señor - dijo autoritario, tal como lo puede decir un suboficial recién recibido de la escuela militar- Hace cuatro semanas que estoy acá. Este es mi nuevo destino y tengo muchas preocupaciones. Cumplo órdenes y basta! Si quiere saber más, vaya al cuartel y pregúntele al señor coronel.
Ulises resignado fue al hotel. Se acostó y durmió intranquilo. Iría a visitar al coronel, pero también tenía que ir a ver a su cuarto cliente para cobrarle la duplicata (*) tan necesaria para las finanzas que él representaba.
(*) Factura conformada en Brasil.

III - EN EL CUARTEL
A las seis de la mañana se presentó al cuartel. Pidió con el coronel y luego de los saludos de rutina, entablaron el diálogo.
-¿Qué lo trae por aquí, amigo? Es tan difícil entablar conversación con alguien que llega de la civilización, ¿qué ocurre en San Pablo?
-Hace cinco días que salí de allá- contestó Ulises, más conforme por el trato de su nuevo interlocutor- y si bien para San Pablo son cinco días, es un siglo para todos lados. ¿Novedades? Algunas... La intervención militar está trabajando prolijamente en la administración... del resto... nada puedo decir. Pero lo que me importa es decirle por que estoy acá.
-Así es... Y bien... ¿Por qué está usted acá? - preguntó el coronel, jugando con las mismas palabras de Ulises.
Ulises Jacob le contó brevemente la historia. Temía llegar tarde y no encontrar a su cliente. Pero no dejó de explicarle al coronel el motivo de su presencia y cómo se sentía al escuchar las mismas respuestas lacónicas y con poco sentido de las personas que había entrevistado con anterioridad.
-¿Qué yo di la orden? - dijo el coronel furioso, después de oír a Ulises. Yo jamás ordené vigilar los bancos de la plaza. No se para que pierden el tiempo.
-Pero... - dijo casi sin voz Ulises - todos dicen que fue usted quien dio la orden.
-Jamás, es una terrible mentira. ¡Cabo! - gritó - ...¡Caboooo!
-Sí, mi coronel - contestó el cabo con temor, al ver el rostro enrojecido de su superior. -A las órdenes mi coronel- siguió diciendo al mismo tiempo que le hacía la venia casi ridículamente.
-Dígame cabo, ¿yo di la orden al teniente, para que éste se la dé al sargento, para que éste se la dé al cabo, para que éste se la dé al conscripto, de poner una ordenanza en la plaza para que nadie se siente en los bancos que hay en ella?
-No lo sé, coronel - respondió el cabo - pero voy a averiguar y enseguida le informo.
El cabo se retiró para verificar las órdenes dadas. Mientras tanto el coronel y Ulises aprovecharon para cebarse unos mates y hacer algunos comentarios del tiempo y de la economía de esa temporada. A los pocos minutos regresó el cabo sucio de polvo y con un negro bibliorato que olía a tierra.
-Acá encontré la orden, mi coronel - dijo el cabo con una sonrisa complaciente.
El coronel con el ceño fruncido y mascullando palabras incomprensibles, arrebató el bibliorato al soldado y leyó la hoja amarilla que le señalaba el subalterno.
-Esta orden está firmada por el coronel Cándido Sosa, hace doce años - vociferó, antes que yo, cuatro coroneles pasaron por esta ciudad.
Y con gran enojo y casi sin aliento, ante las miradas sin pestañear del cabo y de nuestro Ulises Jacob, el coronel leyó la tan nombrada y "prohibida" ordenanza.
"Orden del día N° 447, del 15 de julio de 1928. Teniendo a la vista que a fines de semana recibiremos, en esta ciudad, la visita del señor Gobernador, quien inspeccionará las nuevas obras del punte de Cabritas. Ordénese:
PRIMERO: Pintar todos los bancos de la plaza.
SEGUNDO: Colocar ordenanzas para evitar que alguien se siente en los mismos."
REGISTRESE, PUBLIQUESE, Y ARCHIVESE.

Grande fue la sorpresa de Ulises al escuchar la orden que leía el coronel con una mezcla de rabia y de tristeza. Qué desilusión sentía! Se hallaba a mitad de su carrera militar y había estado convencido de la infalibilidad de la estructura y del sistema que había aprendido a obedecer y por que no hasta amar. No podía ocultar en su rostro la decepción que lo invadió. ¡Un simple vendedor con una pequeña pregunta había hecho desmoronar en un minuto toda una filosofía de vida!

El coronel despidió a Ulises, apresurado e incómodo, casi sin mirarlo. Entre una mezcla de disculpas y agradecimiento.

Ulises se fue. Y... después de atender a su cliente y ya libre de obligaciones pensó cómo podía ser que todo un pueblo, durante tantos años, no había notado el ridículo de la situación. Seis banquitos que estaban en una plaza no podían ser utilizados por hacer cumplir una orden que había caducado a los pocos días de ser impartida. Una orden que había sido bien dada en el momento apropiado. Con las mejores intenciones. Pero que continuaba existiendo sin existir. ¿Cómo podía ser que nadie en el pueblo la hubiera cuestionado? Esta historia hizo pensar a Ulises en la "cantidad de banquitos" que podía encontrar en su casa, en su negocio, en el club, en su vida...

Al final - dijo Ulises Jacob en voz alta para que lo escucharan hasta los vientos 

La vida es remover banquitos y esto también es considerado progreso.
Herbert Jonas
Agradezco al señor William Jonas que me haya permitido la publicación de este cuento. Alberto Stoler