Autor: Alberto Stoler

I)

Mi vida era, hasta ese día una vida rutinaria, estaba casado desde hacía quince años, dos hijos adolecentes completaban la geografía hogareña, junto a un perro, un gato y otras especies que pululaban por el jardín de mi casa.
Mi casa era un típico chalet, alejado unos cincuenta kilómetros del centro de la ciudad.
La ciudad, donde debía ir todos los días de semana a trabajar, era una de esas ciudades de asfalto y cemento donde una persona vale tanto como cualquier otro objeto que estuviera fijo o móvil dentro de la misma.
Mi trabajo era como mi vida, rutinario, llegar al estacionamiento, dejar el auto, saludar de esa forma casi imperceptible e inhumana a cuanto ser se me cruzara hasta llegar a mi oficina, sentarme en el escritorio, activar esa horrible pantalla de la computadora, y comenzar a enviar y recibir transacciones por la misma, prender mecánicamente un cigarrillo cada veinte minutos, tomar varios cafés durante el día, comer uno que otro sandwich de plástico, beber alguna gaseosa, escuchar los chistes estúpidos de alguno de mis colegas, observar las piernas de alguna de las niñas que pululaban por las oficinas, apagar la pantalla, y comenzar el retorno a mi casa junto a miles de personas que hacían lo mismo y a la misma hora, lo que hacía de esa vuelta una verdadera odisea, hasta que un día, ese día...


II)

Mi jefe me pidió que me quedara trabajando hasta entrada la noche, ya que debido a no se que cosa del satélite, se había retrasado el envío de cientos de transacciones.
Pensé en no aceptar, pero luego, al pensarlo mejor, vi que era bueno quedarse. Primero porque el cheque de la paga iba a ser mayor, segundo porque me evitaba todo el congestionamiento del tránsito, y tercero, y principal, podía llegar a mi casa cuando ya todos estuviesen durmiendo, y esto me causaba un verdadero placer, ya que me evitaría escuchar las quejas y los reclamos de todos los componentes de la familia.
Terminé de trabajar cerca de las once de la noche, cuando salí con el auto a las calles de la ciudad, estas se veían tranquilas y despejadas, la noche estaba maravillosa, y esto hizo que mi regreso a casa fuera lento, podía ver las luces de la ciudad mientras me alejaba por la autopista, y parecían como estrellitas de luz multicolor recostadas contra el negro de la noche. El cielo tenía un color negro, casi azulado, y cientos de miles de estrellas se mostraban como si compitieran para que las mirara. Todo hacía que conduciera lentamente, y no era problema ya que pocos eran los coches que circulaban a esa hora, y entonces ocurrió.


III)

Fué como una explosión sin sonido, como si el tiempo y el espacio se fundieran en uno solo, y todo oscureció.
No hubo ruido, no hubo luz, no hubo nada.
Lo primero que pasó por mi mente fué que había chocado y estaba muerto, pues todo a mi alrededor era oscuridad, pero sentía mis manos aferradas al volante del auto, y esto no tenía ningun sentido, intente gritar y sentí que el sonido era interno ya que no escuché nada, el pánico se apoderó de mí, y creo que en pocos segundos pasaron miles de imágenes por mi mente intentando entender lo que estaba pasando.
Cuando transcurrido un tiempo, no se cuanto, pueden haber sido minutos, horas, no lo se, al fin logré serenarme, me puse a razonar de manera lógica.
Comencé a tocarme el cuerpo y noté que estaba sentado, con el cinturón de seguridad puesto, tenía el volante del auto frente a mí en la posición normal, y nada hacía suponer que hubiese chocado, froté mis ojos para poder ver, pero todo era negro, intente hablar en voz normal, y me dí cuenta que el sonido no salía por mi garganta, sino que escuchaba mi voz internamente, lo que no tenía ningún sentido.
Me desabroché el cinturón, y comencé a moverme por el interior del auto sintiendo los distintos objetos familiares, la palnca de cambios, el teléfono, ¡ el teléfono !, lo tomé y no había ruido ni señal, estaba muerto, como todo lo que me rodeaba.
Volví a asustarme y entonces comencé a pensar que me había quedado ciego y mudo, que había caido una bomba neutrónica que había matado todo, incluyendome a mí, pero que a los objetos nada le había pasado, que había comenzado una invasión extraterrestre, y no se cuantas cosas más. 
En el medio de esta angustia sentí la necesidad de prender un cigarrillo, tomé uno, lo puse en mi boca, y por supuesto, el encendedor del auto no funcionaba, ya que aunque no lo veía lo sentía frío, estaba desesperado, cuando revolviendo en mis bolsillos palpé un encendedor descartable.
Cuando intenté encenderlo casi me rompo la cabeza contra el volante del susto que me pegué, ya que las chispas de la piedrita del encendedor brillaron como fuego dentro de la oscuridad, por supuesto que el encendedor no prendió, pero esas débiles chispas me dieron la alegría de saber que no estaba ciego, pero algo estaba pasando, y no sabía que era.


IV)

Abrí la puerta del auto, saqué las piernas afuera y el aire se sentía denso pero agradable, aunque no era un aire normal, parecía como una densa niebla pero negra.
Las chispas del encendedor hacía que en la nieble se divisaran sombras, y como en un juego se veían como débiles chispazos viniendo desde otro lugar distante, esto me hizo pensar que lo que pasaba no me pasaba a mí solamente, y me animé a intentar llegar hasta ese otro lugar.
Comencé a caminar apoyandome en el auto, y cuando se me terminó fuí a dar contra el suelo, ya que era imposible caminar sin ver.
Otro chispazo me dió fuerzas, y comencé a gatear, sentí que lo hacía por el pavimento de la autopista, despues de gatear por algunos minutos choqué contra lo que parecía la parte trasera de otro auto, me incorporé y tanteando llegué hasta la puerta y allí estaba la persona que con un encendedor igual al mío intentaba comunicarse con alguien.
Despues de la alegría de sentir que no estaba solo, y de intercambiar palabras que no nos escuchamos, comenzamos a intentar entendernos tocándonos con las manos, era una mujer, y después de intentar toda forma de comunicación, algo hizo que nos acercaramos hasta que mi boca quedó pegada a su oído y allí descubrimos que el sonido interno de nuestra garganta era audible, aunque casi imperceptible. 


V)

Esto nos dió confianza y fuerza para poder seguir investigando lo que estaba pasando. Juntos comenzamos a movernos en dirección hacia lo que parecía otro auto parado, y una vez allí descubrimos a un señor que lloraba sin saber lo que estaba pasando, logramos calmarlo y luego llegaros otras dos personas que venían en sentido contrario, un hombre y una mujer, a los que les pasaba lo mismo que a nosotros.
Después de intercambiar nombres, mediante el sistema del susurro, no se por que nos sentamos en el piso en rueda y nos tomamos de las manos.
En ese momento, desde dentro mío, y de los demás, surgió como una vieja plegaria ya olvidada, que de alguna forma nos conectaba entre nosotros.


VI)

Nuestras manos vibraban de una forma muy especial, sentía la energía que corría por mi cuerpo como un torrente que todo lo invadía, y de repente sentí que no estabamos solos, y una imágen comenzó a formarse en mi mente, y como después supe, también en la mente de los demás.
La imágen tomó cuerpo y un anciano de cara amable y larga túnica blanca comenzó a hablar.
"Hijos míos, esto que están viviendo es el mundo futuro que ustedes mismos están construyendo, la oscuridad todo lo está invadiendo, y si ustedes no se unen en pequeños grupos para poder dar un poco de luz al mundo, la oscuridad final es inevitable. Unanse, sientan que el universo es una gran familia donde las almas se unen para crecer y que nadie se va a salvar solo. Mediten, y piensen que la elevación espiritual va a llegar a través de la evolución personal y grupal, y no a través de ningún iluminado. Sientan, y comprendan que unicamente se puede trascender desde las propias vivencias.
Ustedes de han unido en una estrella de luz, que ésta les sirva de guía para vuestro crecimiento"
La emoción que sentía cuando la imágen se desvaneció era tan intensa que no me dí cuenta que estaba sentado solo en mi auto, y que todo era normal nuevamente.
El auto estaba en marcha, aunque detenido a un costado del camino, y otros autos estaban detenidos como el mío.
Me bajé del auto corriendo y fuí hacia el auto que estaba delante del mío. Allí sentada estaba Estela, tan asombrada como yo de lo que había pasado, y dándose cuenta que no había sido un sueño, porque cuando yo llegué, también llegaron Jorge, Silvia y Marcelo, los cinco que habíamos vivido esa experiencia.
Después de hablar casi dos horas de lo que nos había pasado, decidimos volver a encontrarnos el fin de semana.
Cuando llegué a mi casa, y exitado le conté la experiencia a mi esposa, lo que obtuve como contestación, fué la pregunta de que cuanto wisky había bebido, así que me dormí.
Al día siguiente noté que la televisión nada decía de lo sucedido, los diarios tampoco, mis compañeros de oficina no tenían nada nuevo que contar, así que llamé a Estela por teléfono, que estaba asombrada como yo lo estaba.
Nos reunimos ese fin de semana, y decidimos formar un grupo de meditación y encontrarnos una vez a la semana, ya que el estar juntos nos hacía bien.
Un mes después descubrimos por un aviso en un periódico que había otro grupo como el nuestro en una localidad vecina, y apartir de allí empezamos a buscar grupos por todo el mundo.
Descubrimos que muchos vivimos la misma experiencia, pero que a todos nos pasó lo mismo, sólo que aquellos que se quedaron solos y pensaron que fué un mal sueño, lo borraron de su mente.
Desde ese día la vida comenzó a tener sentido para mí, y para todos aquellos que empezamos a transitar el camino de la luz.
Si a ti, amable lector, esto te sucedió, únete a nosotros, la luz es la única forma de vencer a la oscuridad.

Mehiash de Toliman